lunes, 10 de agosto de 2009

Otro amor de verano [Lucía Etxebarría]

Te la encontraste hace diez semanas en la misma playa de aquel verano. Ella llevaba un bikini rojo. Te acercaste a saludarla. Te sorprendió aquella mirada de odio que delataba a gritos su pasión, su indignación de esposa ultrajada. Pasó de largo, los dientes apretados, las pupilas dilatadas y fijas.

Tú tenías 16 años; ella, 10. Ella, pensabas tú, era la depositaria de un afecto inocente y puro que tú entregabas con la fe que es natural a todo gran amor. El sexo era otra cosa. Eran revistas con mujeres de un rubio imposible, no su dorado cálido y trigal, sino de un tono metálico y agresivo; mujeres que exhibían unos globos hinchados y turgentes allí donde ella sólo tenía unos pezones pequeños sobre un torso perfectamente plano; mujeres con unas nalgas casi esféricas que nada tenían que ver con los hoyos perfectos de su cadera de virgen; mujeres de revistas tan manoseadas y pegajosas como los órganos de quienes las hojeaban, mujeres imposibles que pasaban de mano en mano entre los chicos de tu clase.
¿Cómo pudiste ser tan ignorante, tan insensible, tan ciego, tan increíblemente despreocupado? Pero sin esa ignorancia, sin esa despreocupación, ¿cómo habrías podido avanzar o, incluso, sobrevivir? Tuviste que concentrarte en seguir hacia delante. Como un funámbulo que avanza sobre la cuerda floja, no podías permitirte mirar hacia abajo ni a los lados por miedo a resbalar.

Quizá lo que os unió fue que lo vuestro fuera imposible. Tú siempre deseaste, y aún deseas, lo inalcanzable, ¿no es cierto? Quizá precisamente porque no podía ser, fue. Fue porque de aquella manera sentías más intensidad en el deseo, en el amor, en la seguridad misma de que la rutina y la costumbre nunca asesinarían aquel amor de verano. Desearla, amarla, fue un suicidio emocional, una adicción de vértigo a una rara y bella droga humana a la que tú te fuiste enganchando en pequeñas dosis y en viajes de diferente placer, pero de la que huiste porque sabías que podía ser letal.
Ojalá pudieras rebobinar la cinta y pulsar el play de nuevo. Rehacer la jugada. No recuerdas gran cosa de ti entonces, de cómo eran tus dudas, tus deseos, tus miedos, antes de meterlos en esa caja fuerte cuya combinación aún sigue en el olvido. Representa un gran esfuerzo recordar los detalles de ese dolor, sólo te queda el eco del sufrimiento, las huellas que ha dejado en ti.

Durante años desechaste su imagen con todas tus fuerzas, pero volvía. Te repugnaba como una villanía, como la peor de las bajezas, aquella predilección con la que tus sentidos se recreaban en el recuerdo de la tibieza de su piel apenas les daba rienda suelta. Te acometían un remordimiento punzante, un asco de ti mismo, un tormento tan incomparable de tener que despreciarte que no tuviste otra solución que el olvido. Te entregaste al olvido con una pasión poderosa, de las que avasallan, y lo acogiste con más placer que a una amante. Quizá, si no te hubiera llegado esa carta, nunca habrías admitido lo que sucedió.

Tú creías que tus caricias la tranquilizaban, que la relajaban, que conseguían que durmiera sin pesadillas, sin fantasmas de fiebre ni insomnio. Pero la carta revienta de angustia y de cólera, de indignación y amargura. Folios y folios de escritura enrevesada y de palabras cargadas de veneno, tal es el reconcomio que contienen, el ácido corrosivo que desbordan entre líneas. Una carta que te fuerza a admitir que entre ella y tú existía una palabra prohibida, proscrita, impronunciable, como todo lo que tuviera la menor relación con ella. Esa palabra que os ha separado tantos años. Sexo.



[Texto de Lucía Etxebarría, para la columna "Simpatía por el débil", de Magazine]

2 comentarios:

Elianne dijo...

Genial, como todos los textos :)

Violetcarsons.

Daniela. dijo...

Quedé encantada con el texto!
Muestra el desasosiego que presentamos ante el amor... y más si es prohibido, como éste.

Un gusto siempre leerte nena.
Soy DaniB* (flickr), éste es mi nuevo blog.
Besitos!